El matrimonio formado por Dan y Noah Ram, saciados de sol y playa, abandona su hotel de la Costa Brava con la intención de adentrarse en el interior de la provincia de Girona donde les espera, tal y como les indica un folleto turístico, las huellas de un “pasado judío que nunca habían imaginado”. Con una mezcla de esperanza e incertidumbre se lanzan a la búsqueda de Sefarad, la tierra de sus antepasados. A pesar de escuchar por primera vez el nombre de Besalú, hay algo en este viaje que convierte todo lo extraño en familiar.

Dan y Noah llegan a su destino con la firme voluntad de recuperar el tiempo perdido. Besalú, franqueada por dos ríos, el Fluviá al sur y el Capellades al norte, y enclavada en un paraje estratégico que le sirvió de acicate durante su esplendor comercial entre los siglos XIII-XIV, acogió en su seno una rica y dinámica comunidad judía que dejaría una huella imborrable en su trazado. Existen datos documentales que certifican su presencia desde inicios del siglo XIII, pero bien podríamos atestiguarla en siglos anteriores, por lo menos desde el siglo XI, como lo prueba una lápida sepulcral hallada en Mas Bellsolá – parroquia cercana a Besalú- fechada en 1090.

La realidad de la comunidad judía de Besalú se diferencia un tanto de las de Castelló d’Empuries, Banyoles o la propia Girona, ya que no sufrieron en carne propia el trauma de la catástrofe de 1391 y, por ello, no será hasta la imposición de la bula papal de 1415 – la cual ordenaba la separación de cristianos y judíos – que ambas comunidades comenzaron a vivir de espaldas una de la otra. El 8 de octubre de ese año, el rector de la iglesia de Sant Martí de Capellades leyó ante los judíos de la villa las nuevas normas de convivencia, entre ellas destacaban la prohibición de tener casa más allá de los límites del call y el establecimiento de una única puerta de acceso y salida del mismo, ubicada junto a la sinagoga y en dirección al río Fluviá, conocida como Portal del Jueus.

Los Astruc, reconocidos como una de las familias regias de la comunidad judía, vivieron su época de esplendor durante el siglo XIV. Considerados como eficientes prestamistas, aunque también contaban en sus filas con afamados médicos, habían acumulado un gran prestigio en todo el condado. Durante este proceso que les llevará a lo más alto establecerán relaciones con las familias reconocidas de la villa como los Cornellá y los Cavaller, a los que prestaran importantes cantidades de dinero.

Dan y Noah atraviesan el imponente arco de la puerta fortificada que da acceso al pueblo y se adentran por sus calles como quien se cuela en una máquina del tiempo. Avanzan precavidos, lentamente, para no perderse un detalle. Alcanzan la plaza de la Llibertat, donde según los restos documentales se dirimían los pleitos entre judíos y cristianos, tras tomar aire bajo la arcada giran hacia la izquierda para continuar camino por una vía empedrada que les devuelve de nuevo al río Fluvià, se trata de la calle Portalet. Allí mismo, bajo el arco que preside la calle, se tomarán la primera foto de su viaje hacia el pasado.

La calle Portalet circunda la orilla del río y se adentra de nuevo en el pueblo. La pareja se siente emocionada por el escenario, se inhibe de la gente y se sumerge en el medievo, sienten el ajetreo de sus calles y por un momento se transportan a Yaffo o a la ciudad vieja de Jerusalem, pareciera como si estuvieran en casa. Tras subir una pequeña cuesta se topan con un edificio medieval de tres plantas, la Curia Real. A primera vista les llama la atención. Lo examinan de arriba a abajo y, ante el estupor de sus ojos, descubren la marca de una mezuzá en el lado derecho del portal principal. No dan crédito, lo han conseguido.

Los Ram aún no lo saben, pero ese edificio perteneció a la familia Astruc, la cual se vio obligada a venderlo a Bernat Cavaller, procurador general del condado. Hoy se pueden visitar las tres plantas del edificio. En la planta baja se ha instalado una pequeña exposición en la que descansa una lápida de una joven judía llamada Raquel, hija del rabino Yusef, fechada en 1446. Los Ram se pasean por su interior con un peso de nostalgia sobre sus espaldas. Con encomiable esfuerzo suben al piso superior donde se encuentran con una amplia sala gótica en la que se proyecta un audiovisual sobre la historia del pueblo. Sentados frente a la pantalla e hipnotizados por la música de los trovadores, entre ellas la del judío Ramón Vidal, Dan y Noah abrazan su pasado con alegría, como si de algún modo, jamás hubieran tenido que marchar.

TERMINOLOGÍA
1. La mezuzá (del hebreo מְזוּזָה, «jamba de la puerta»; plural mezuzot) es un pergamino que tiene escrito dos versículos de la Toráh; el Shemá Israel” (שְׁמַע יִשְׂרָאֵל, “Escucha, oh Israel” ) y Vehayá im shamoa (וְהָיָה אִם שָׁמֹעַ, “En caso que me oyéreis”. Se encuentra albergado en una caja -o receptáculo- que es adherido al  marco derecha de los pórticos de las casas y ciudades judías. El precepto de fijar una mezuzá en las puertas de las casas es uno de los más antiguos y arraigados del judaísmo.