Girona, la Gerunda, la rodeada de ríos. Así la nombraron los romanos y así se quedó por siempre.  Al turista que camina sin prisa y sin pausa por el laberinto de callejuelas de piedra, le sorprenderá encontrarse de pronto con la amplitud de la naturaleza que borda todo el horizonte.  Basta con llegar al  Paseo de la Muralla. Belleza y colorido invita a recrearnos la vista desde la zona norte de la ciudad.  Entre ocres, verdes y el azul fulgor del cielo destaca Montjüic, cuya toponimia no oculta su pasado hebreo.  El” Monte de los Judíos” fue el cementerio de esta comunidad, ubicaba en extramuros, cerca de un cauce de río, y sobre una pendiente; con los cuerpos siempre mirando hacia el Este, hacia Jerusalén.

El cementerio de Montjuïc era un terreno de propiedad del Call hebreo, cedido en 1492 (con motivo de la expulsión) al noble Joan de Sarriera, y dejado en el olvido muy pocos años después. Como era de esperar, sufrió saqueos y sacrilegios; muchas lápidas fueron reutilizadas por los habitantes de la ciudad para sus casas y construcciones. Varios siglos después, a finales del 1800, los trabajadores de las obras de la línea del ferrocarril que enlazaba Girona con Francia se toparon con unas piedras cuyas inscripciones daban cuenta de extraños signos. La memoria de un pueblo, hecha roca esculpida, hacia aparecer el pasado hebreo de la ciudad. El Museo de Historia de los Judíos conserva la colección de lápidas hebreas más importante de la Península, lo que hace posible recorrer virtualmente este antiguo osario y conocer los epígrafes que el tiempo no pudo borrar.

Dentro de la extensa zona que ocupaba el antiguo cementerio, existe una zona conocida por los habitantes de la ciudad como el Bou d´Or (el Buey de Oro). Allí es donde la realidad se funde con la fábula. Narran las leyendas de los testigos cristianos de la época, que cuando los judíos abandonaron Girona, dirigieron sus pasos camino al cementerio. Como no podían llevar sus joyas, fundieron en un gran cuenco todos sus objetos de oro y crearon un gigantesco buey de oro, que después escondieron en un gran pozo. Se marcharon con la esperanza de que algún día volverían y su riqueza estaría allí, esperándoles.

Se dice que los habitantes del pueblo intentaron muchas veces buscar este gran tesoro, pero cada vez que se acercaban al cementerio el buey rugía con tal poder y fuerza, que el miedo impedía a los ambiciosos aventureros continuar con la travesía. Una noche, tres jóvenes que se encontraban bajo los “influjos del coraje” que da el vino,  se animaron a buscar el buey de oro. Cogieron palas, picos y cantando canciones alegres se dirigieron a Montjüic. Cuando estaban  cerca encontraron un hombre misterioso, pálido y ataviado con ropas de color negro y les preguntó: “¿Están buscando algo? Conozco muy bien este lugar”. Ingenuos, los jóvenes le contaron sus intenciones entre risas. El hombre los llevó hasta un lugar apartado y movió una piedra que estaba en el suelo. Con sorpresa, los jóvenes descubrieron que allí había una escalera que se hundía hacia la profundidad oscura de la tierra. Decidieron bajar escoltados por el misterioso ser. Uno de ellos  preso del miedo y la angustia exclamó: “Ay dios mío ¿a dónde nos lleva este hombre?”. Cuenta la leyenda que el joven al pronunciar el nombre sagrado de la divinidad despertó la ira de aquel individuo que no era otro que el mismo diablo. Su enojo se convirtió en un gran trueno seguido de una explosión que provocó que todos salieran por los aires. Uno de ellos quedó colgado en lo alto de la baranda del puente de Sarriá, otro abrazado al campanario de la Catedral y el tercero a la torre de San Feliu. Por este último es que, según la leyenda, observamos hoy a la torre descabezada.